BogoMusic

domingo, agosto 28, 2022

De la Ciclovía Nocturna y otros demonios


Asistir a un concierto en Bogotá requiere de una pasión, interés, compromiso y planeación inmensos. La ausencia de mejores y más cómodos medios de transporte público se suma a los ya conocidos problemas de seguridad, la incertidumbre acerca del estado del tráfico por cierres, arreglos de vías, accidentes o manifestaciones, que se suman a las restricciones a la circulación de vehículos según sus números de placa, y a la realización de eventos metropolitanos que son avisados, muchas veces, con tres días o una semana de antelación.

 

No tengo claro si la Alcaldía Mayor de Bogotá ha hecho alguna vez un estudio del impacto de estas variables sobre un sectores tan endeble como es el de las artes escénicas o sobre el consumo cultural. Son muchos los conciertos que se presentan una sola vez en Bogotá o, que si se repiten, como a veces pasa con los conciertos de la Filarmónica de Bogotá, tienden a ser en polos opuestos de la ciudad, lo cual efectivamente los hace eventos de una sola vez (convenientes para unos en la primera fecha y convenientes para otros en la segunda). Toco este tema porque hace poco estuve en un concierto en la sala de conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango. La sala estaba agotada, pero, desafortunadamente, al comenzar el concierto, ésta estaba quizás al 50% de su capacidad. A medida que fue pasando el concierto, fue entrando más gente que se perdió un tercio o dos tercios del recital pues el programa incluía solo tres obras. Pues resulta que ese día se realizó en Bogotá la Carrera de la Mujer y mucha gente, cuyo plan no era ni salir a correr ni a ver una carrera sino ir a escuchar música, o perdió el viaje o tuvo una experiencia frustrante después de haberse programado con antelación para ir a pasar su domingo en uno de los mejores lugares para escuchar música clásica en Bogotá.

 

A los pocos días pasó algo similar. El jueves 11 de agosto -que yo sepa- había por lo menos tres conciertos programados en la ciudad: el estreno del Festival de Música Sacra con el contratenor Jakub Józef Orliński e Il Pomo d’Oro, un concierto con obras de jóvenes compositores interpretadas por la Orquesta Sinfónica Nacional en el Auditorio Fabio Lozano, y un concierto en Compensar con la joven percusionista Ángela María Lara (hago la salvedad de que participé en la organización del último concierto de este listado). Pues bien, ese día se realizó la ciclovía nocturna como parte del Festival de Verano que organiza la Alcaldía de Bogotá. Ignoro el impacto que haya tenido esto en los conciertos del Festival de Música Sacra y en el de la Sinfónica Nacional. El concierto en Compensar no tuvo una buena asistencia, pero es una franja que hasta ahora está empezando. Pero, sin importar, movilizarse esa noche -si uno no era de los matriculados en el plan de la ciclovía- era muy difícil, con cruces cerrados que obligaban a hacer desvíos improvisados que muy seguramente hicieron a más de uno desistir de asistir a alguno de estos conciertos o a algún otro evento cultural de esa noche.

 

Hemos escuchado mucho que la ciudad es de todos y que Bogotá es un lugar que reúne al país y su diversidad. Esa diversidad incluye también a los programadores de conciertos y al público que asiste a estos recitales. Entre los eventos que mencioné afectados por las carreras, ciclovías y cierres anunciados sobre el tiempo, hay tanto entidades públicas como privadas, todas trabajando para garantizarle a los ciudadanos que quieran ejercerlo, su derecho a acceder a la cultura. Ojalá la administración distrital (esta y todas porque en las anteriores administraciones ha pasado lo mismo) entienda que nuestra infraestructura es precaria y que cualquier cierre y afectación, así sea por unas horas y por el bien de un buen evento, impacta a otros actores metropolitanos que hacen esfuerzos inmensos por darle a la ciudad eventos culturales. La Alcaldía Mayor debería convocar a una mesa de trabajo para familiarizarse con el impacto de este tipo de actividades sobre el comercio, los trabajadores que regresan a sus casas, los colegios, los estudiantes que salen de una universidad nocturna, los restaurantes, y -desde luego- los programadores culturales. Vale la pena escuchar, explorar alternativas, mejorar la coordinación y comunicación y quizás llegar al compromiso de sacar un calendario anual con este tipo de eventos de manera que todos podamos organizarnos sin correr el riesgo de que todo nuestro esfuerzo se pierda por una falta de conocimiento y de coordinación. En Bogotá hay cabida para todos, pero solo si entre todos nos reconocemos y hablamos.

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sábado, agosto 20, 2022

Naranjada tributaria

 

Orange-Fruit-Pieces
Foto: Evan-Amos, CC BY-SA 3.0, vía Wikimedia Commons

Hace unos años, cuando el ex-alcalde de Bogotá Antanas Mockus estuvo haciendo campaña presidencial, mencionó en varias entrevistas el libro The Cost of Rights (El costo de los derechos) de Stephen Holmes y Cass R. Sunstein. En esencia, los autores del libro señalaban que la manera de que el Estado garantice los derechos a sus ciudadanos (los derechos a la salud, a la seguridad, a la educación, etc.) es por medio del recaudo de suficientes impuestos que permitan una redistribución y uso de los mismos en proyectos de inversión social en... salud, educación, seguridad, etc. Haciendo referencia a este libro, Mockus quería explicarle al país que, si él era elegido presidente, la única manera de brindarle a los ciudadanos los derechos que promueve y protege la Constitución Política de Colombia era por medio de la creación de más impuestos.

Benjamin Franklin decía que no había nada seguro en el mundo salvo la muerte y los impuestos. Eso, sin embargo, no pareciera ser tan claro en nuestro país donde cada cuatro años, con la llegada de un nuevo gobierno, llega una nueva reforma tributaria que promete arreglar (por fin) las cuentas del país, solo para entrar a debate al Congreso de la República y salir modificada, peluqueada, manoseada, y siendo o la menos peor versión de su original ser o, en otros casos, una peor versión del estatuto tributario anterior.

Hace un año me retiré del Banco de la República donde trabajé por casi doce años como jefe de la sección de música. Allí estuve a cargo de la programación musical de la sala de conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango y de ayudar en la realización de la misma a nivel nacional por medio de las 28 sucursales que tiene el banco en el país. Gracias a este trabajo pude entrar en contacto tanto con consagrados músicos nacionales e internacionales, así como con jóvenes músicos por medio del programa de Jóvenes Intérpretes del banco, así como a través del programa de estudios en el exterior de la entidad, el cual permite que cada dos años un músico pueda realizar una maestría fuera del páis con todos los gastos pagos. Desde luego, también pude estar en contacto con teatros, festivales, y otras entidades tanto estatales como privadas que trabajan arduamente por construir un medio cultural más fuerte que le sirva al país y que pueda ayudar a que los derechos culturales sean garantizados para los colombianos.

Mientras estuve en el banco fui testigo y a veces partícipe de conversaciones y procesos que beneficiaron al sector cultural del país. Entre estos están las modificaciones a las reglamentaciones migratorias que facilitaron inmensamente el ingreso de artistas internacionales al país sin necesidad de contar con una visa de trabajo, la aprobación y reglamentación de la Ley 1493 de 2011 (Ley de Espectáculos Públicos) que hizo mucho más viable a nivel financiero la contratación de artistas internacionales así como la realización de espectáculos en los estadios de fútbol, el recaudo de recursos para el mejoramiento de la infraestructura cultural y una reglamentación un poco más clara con respecto al trámite de permisos para presentar un espectáculo.

En julio de 2018, antes de que Iván Duque asumiera la presidencia, varias personas del sector cultural fuimos convocadas por el grupo de empalme del entrante gobierno a un hotel en Bogotá. Fuimos invitados por sectores y recuerdo haber estado en una reunión del sector musical y encontrarme a la salida con otras personas que entrarían después como representantes del sector de las artes plásticas. Asumo que seguramente habría reuniones con otros sectores como el cine y el teatro. En todo caso, la reunión del sector musical fue con Maria Paula Correa, quien quizás ninguno de los presentes sabía quién era en ese momento ni qué papel llegaría a tener dentro del gobierno de Iván Duque. El hecho es que dentro de los invitados había una variedad de entidades e intereses representados, tanto desde el Estado como del sector privado, incluyendo educadores y gestores.

Como suele pasar en este tipo de reuniones, hubo todo tipo de intervenciones, unas con posturas políticas muy fuertes casi que expresando posiciones retadoras frente al nuevo gobierno y otras más pragmáticas, haciendo propuestas y mostrando experiencias regionales que podrían ser aplicadas a la nación. Sin embargo, creo que una de las intervenciones más claras fue la de Maria Isabel Murillo 'Misi', con quien me vi por última vez ese día, pues fallecería unos meses más tarde. Misi, la titánica compositora y productora de teatro musical hizo una presentación en la que dio a ver lo difícil que era realizar espectáculos desde el sector privado. Explicó cómo casi todo estaba en contra de poder hacer lo que ella hacía y cómo no solo no había un buen apoyo desde el Estado sino que tampoco había un estímulo (desde el Estado) para que fuese atractivo para la empresa privada y para los privados en general vincularse a apoyar iniciativas culturales.

No sé si fue la intervención de Misi la que caló en el equipo del designado presidente o si ésta simplemente reforzó las ideas que el propio Duque traía ya por haber vivido en Estados Unidos donde la filantropía es el principal mecanismo de financiación de las artes y donde él concibió su política de la Economía Naranja. El hecho es que, si bien políticamente Duque se equivocó al pensar que la Economía Naranja era algo que le importaría mucho al país y le daría réditos políticos y que también se equivocó -creo yo- al enfocar estos esfuerzos más como iniciativas primordialmente de desarrollo económico y productividad que de organización y fortalecimiento del sector creativo, lo que se hizo durante su gobierno por articular, reglamentar y estructurar una política de fomento al sector creativo del país ha sido útil, se hizo construyendo sobre esfuerzos previos complementando el trabajo con miradas que el sector quizás solo había tenido de manera tímida, y sentó bases para que el sector cultural siga creciendo, organizándose y desarrollándose. Esto es necesario reconocerlo, más allá de que la autopromoción que se hiciera el gobierno Duque fuera quizás desmedida y mal enfocada, al punto de llegar a ser ridiculizado por todo tipo de analistas, y más allá de que en sus discursos pecara por dejar frecuentemente de lado un reconocimiento a las áreas artísticas y del patrimonio, que también hacen parte del sector cultural, y que no se ven a sí mismas necesariamente ni como una industria ni como un sector que deba perseguir ser ni rentable ni escalable.

Dentro de las cosas que dejó el gobierno que acaba de salir, vale la pena resaltar el trabajo realizado en torno a COCREA y la manera como esta iniciativa ha abierto posibilidades para el sector artístico que estaban anteriormente limitadas al sector del cine y de la producción audiovisual. COCREA brinda la posibilidad de que proyectos previamente avalados por un comité técnico puedan recibir aportes económicos de parte de privados y que, a su vez, los privados reciban una exención tributaria por realizar estas donaciones. El donante tiene, en últimas, un doble estímulo: a) le está ayudando a un proyecto cultural de su interés y, b) está recibiendo un descuento en su declaración de renta. Bajo este esquema hoy aparecen varios proyectos avalados en la página web de COCREA, algunos de los cuales fueron presentados por entidades con bastante trayectoria (i.e. la Revista Malpensante, la caja de compensación Cafam o el Festival Internacional de Cine de Cartagena) aunque también hay gestores y organizaciones más pequeñas como la Sala de Conciertos Bolón Verde que está buscando hacer una temporada de conciertos de jazz.

La cantidad de proyectos que ahí aparece da cuenta de un sector deseoso de poder tener acceso a recursos que trasciendan a las convocatorias del programa de concertación del Ministerio de Cultura y de otras entidades locales o regionales como pueden ser, para el caso de Bogotá, IDARTES, la Filarmónica de Bogotá o la Fundación Gilberto Alzate Avendaño. El tipo de proyectos recogidos ahí también da cuenta de un sector al que este tipo de iniciativas lo puso a pensar y lo puso a trabajar en dinámicas en las que puede conversar con actores diferentes a los gubernamentales, utilizando otros argumentos y mecanismos de gestión para así atraer recursos que el mismo Estado no puede proveer pues son recursos que no están disponibles en las asignaciones presupuestales del Ministerio de Cultura.

Comencé este escrito hablando de cómo el pago de impuestos es lo que asegura que un Estado pueda cumplir con sus obligaciones de garantizar los derechos que les ha prometido a sus ciudadanos. Sin embargo, espero haber mostrado también que no solo a través del recaudo se puede construir una política estatal, especialmente si ésta persigue ser diversa, fomentar que se involucren otros actores de la sociedad y, evitar -de alguna manera- que todo tenga que ser producido, financiado, vigilado y elaborado por el Estado mismo. El proyecto de reforma tributaria del gobierno Petro ha encendido alarmas en varios actores del sector cultural colombiano que, con razón, consideran que el camino recorrido en la construcción de políticas de estímulo, coordinación y cofinanciación se pueda perder por una entendible urgencia de llenar un hueco fiscal y para poder financiar el propósito de hacer de Colombia un verdadero Estado social de derecho. Ojalá dentro del mismo gobierno se tomen el tiempo para evaluar el impacto que esta reforma puede tener en el sector cultural y que se entienda que lo que han hecho muchas de las iniciativas de varios gobiernos anteriores con la estructuración de algunas exenciones es agrandar la torta de recursos para un sector que, desafortunadamente, dadas las inmensas necesidades del país, nunca ha sido el gran beneficiario del presupuesto nacional.

Actualización 2022-08-24

Comparto algunos artículos y entrevistas que hablan de la reforma tributara. Algunos tocan el tema en general, otros específicamente de su impacto en la cultura...

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domingo, mayo 22, 2016

De paso por Sao Paulo

La OSESP bajo la dirección de James Gaffigan en la Sala Sao Paulo el pasado 5 de mayo de 2016

Estuve de vacaciones en Sao Paulo, Brasil donde pude asistir a un concierto de la Orquesta Sinfónica de Sao Paulo (OSESP) y no resisto las ganas de escribir al respecto. Mi principal motivación –lo confieso- fue haber asistido al concierto en la Sala Sao Paulo, la casa de la orquesta. La sala fue inaugurada en 1999 aunque el edificio data de comienzos del siglo XX cuando operaba como oficinas para una compañía de transporte ferroviario.

La sala es magnífica. Por dentro tiene una forma rectangular que me recuerda a Symphony Hall en Boston. Su acústica privilegia la claridad del sonido pero permite también la mezcla del mismo, lo cual aporta una calidez sonora pero al tiempo una  inteligibilidad muy alta del lenguaje musical. Es evidente que la sala tiene elementos de diseño acústico. En su techo tiene páneles ajustables en altura. Para este concierto los páneles estaban graduados de manera que el sonido se proyectara hacia la parte de atrás de la sala y de manera que los componentes originales de la arquitectura de la sala (unos filos de unas columnas, entro otros) no reflejaran ondas sonoras. Encima de los páneles hay unas barreras en algún tipo de tela que ayudan a apagar la expansión de las ondas sonoras por el espacio vacío del techo. Estos elementos –asumo- hacen que la acústica sea menos ‘catedralicia’.

La Sala Sao Paulo no está ubicada en el lugar más amable de la ciudad. Está ubicada en el centro al lado de lo que los paulistas hoy día llaman Crackolandia. Como su nombre lo indica, Crackolandia viene a ser un lugar en donde hay una gran cantidad de drogadictos que pueden ser muy intimidantes para los asistentes a la sala. Esto, sin embargo, no le restó asistencia al concierto y, según me indican, no es un elemento que esté generando mayor desánimo dentro del público. Claro, muchos asisten en automóviles particular, taxis o Uber y a la salida hay una fila de taxis disponible para el público. Pero la realidad es que la sala está ubicada en un lugar que debería tener una mayor atención en cuanto a servicios sociales por parte de la ciudad – el deterioro físico del espacio y el malestar social son evidentes. Digo esto porque me sorprende que el público igual haya asistido a la sala a un programa como el que escuché – un programa más bien poco atractivo en contenidos.

Creo que la asistencia del público a la sala se debe a una combinación de factores: a la OSESP, una orquesta que suena bien (no voy a decir que es la mejor orquesta que he escuchado ni a negar que en el concierto del jueves pasado hubo algunas fallas en solos y en ensamble) y a la sala por su comodidad y por lo que claramente le permite a los músicos de la orquesta y a su dirección artística. Una sala como la Sala Sao Paulo permite trabajar y construir un sonido. Yo me imagino que a un oboísta le permite ir desarrollando su sonido, saber que cuando usa cierta presión de aire el director siempre le pide que reduzca un poco la intensidad o que se puede dar el lujo de abordar un pianissimo desde un nivel de delicadeza mayor. Es decir, la calidad de la sala genera la posibilidad de un resultado artístico que día tras día puede ir mejorando y retroalimentándose y esto, desde luego, incide en la experiencia del público.

Estas reflexiones me han hecho pensar acerca del tan anhelado proyecto de que la Orquesta Filarmónica de Bogotá – una orquesta que en 2017 cumplirá 50 años- cuente con un espacio propio para la realización de sus conciertos. ¡Qué necesario es! Y qué necesario es que ese espacio no se piense solamente como un lugar para la Filarmónica sino para la música sinfónica en general. La Orquesta Sinfónica Nacional tampoco cuenta con un espacio así y tampoco lo tienen Batuta o las orquestas internacionales que han empezado a visitar Bogotá. Es algo absurdo que la inversión pública que lleva haciendo la ciudad en su orquesta durante tantos años no le haya dado cabida a brindarle un espacio propio para poder adelantar su objetivo misional. Ojalá los proyectos que estaban siendo adelantados se retomen, se evalúen, se modifiquen si es necesario pero que se hagan – la ciudad se lo merece, la Filarmónica se lo merece y la música sinfónica lo requiere.

Volviendo a Sao Paulo, el programa consistió en un “programa-sánduche”: Rossini-Schubert-Schubert-Verdi (Obertura de Il signor BruschinoSinfonía No. 3 – Entreacto de Rosamunda – Música de ballet de Macbeth o, visto de otra forma, ópera - Schubert x 2 - ópera). Las interpretaciones fueron buenas, algunos solistas se destacaron más que otros y quizás lo único a criticar fue la desigualdad en el tempo de la música de Verdi – la obra se sintió subensayada y al observar el trabajo de James Gaffigan en el podio tuve la sensación de que le estaba costando mantener las cosas bajo control. Al final el público salió contento y aplaudió y aplaudió un programa que no era muy interesante para empezar pero que me permitió escuchar a la OSESP, conocer la Sala Sao Paulo y reflexionar acerca de lo mucho que anhelo que en Bogotá podamos tener un espacio dedicado exclusivamente a la música sinfónica.

P.D.
Y, por si acaso, si llega a haber una sala para la Filarmónica de Bogotá, que no se les olvide que importantes obras del repertorio sinfónico y de periodos históricos relevantes requieren de un órgano de concierto. Si la Catedral Primada de Bogotá pudo estrenar órgano, ¿por qué no una sala dedicada al disfrute y celebración de la música?

jueves, noviembre 26, 2015

Un poco tarde pero... Desde FOCUS en París

El HOPE Ensemble actuando en FOCUS.

Nota importante: debí haber publicado esta columna en junio de 2015. Perdón por la demora.


Estoy empezando a escribir esta columna desde París donde estoy asistiendo a Focus. El evento, organizado por el Institut français alrededor de Momentum, un festival de música contemporánea organizado por el IRCAM, ha procurado reunir en la capital francesa a varios presentadores de música contemporánea. Estamos presentes directores de salas de conciertos y, en particular, por tratarse de este género, compositores e intérpretes y gestores que a su vez son directores de festivales de música contemporánea en diferentes rincones del mundo.

Las jornadas han sido intensas pues han incluido tanto presentaciones del sistema de apoyo a la música en Francia, así como presentaciones de proyectos y desarrollos tecnológicos y estéticos de IRCAM, una visita a la nueva Philharmonie, recitales públicos de diferentes ensambles, presentación de proyectos por parte de ensambles, compositores y presentadores franceses, reuniones de negociación directa uno a uno con artistas franceses y, claro, almuerzos, cocteles y reuniones informales.

Para alguien como yo, que vengo de una formación y experiencia marcadamente norteamericana, esta es una visita muy importante. Francia ha sido un foco en el desarrollo de la música a lo largo de la historia quizás con una fuerza incomparable desde que la realeza decidió importar a un italiano rebautizado Jean-Baptiste Lully para que liderara la orquesta de la corte. Son emblemas franceses Berlioz, Debussy, Poulenc y muchos más incluidos no franceses como Chopin y Stravinsky quienes desarrollaron sus carreras en este país. Sin embargo, hay un nombre que en el siglo XX marcó la continuación (casi que la renovación de votos) del apoyo del gobierno francés al desarrollo de la música. De su propio seno, sin necesidad de importarlo esta vez, Pierre Boulez se convirtió en un pensador, compositor, gestor, director e impulsor de la música en su país. Su influencia como artista es sobre todo visible en la creación en los años 60s y 70s del IRCAM -el centro de investigación tecnológico-musical por excelencia- y del Ensemble Intercontemporain, quizás el primer ensamble de música contemporánea en ser financiado por un estado como cuerpo artístico estable.



El apoyo -casi incondicional- a la música contemporánea en Francia es impresionante. Ser compositor en Francia creo que requiere -como en todos lados- cumplir una etapa formativa y una dedicación académica importante. Pero, al contrario de muchos otros países, incluido Colombia, los compositores encuentran en Francia toda una red de programas que les permiten desarrollar una carrera accediendo a comisiones de ensambles nacionales, becas y apoyos que les permiten explorar su creatividad, componer y dar a conocer su trabajo.


Como programador de una sala que presenta desde música medieval hasta jazz y música tradicional de diferentes lugares del mundo, esta visita ha sido importante para reafirmar algunos principios con los que lidero mi trabajo y confirmar que algunas de mis grandes inquietudes profesionales siguen vigentes y que, además, las comparto con algunos colegas de otras latitudes. 


Para empezar, creo que hay una frase expresadas por el director ejecutivo del Ensemble Intercontemporain que da pie para discutir algunas de mis inquietudes. En una charla con el grupo de invitados por el IF, el director dijo que el ensamble (el Intercontemporain) era un ejemplo del éxito de la política de economía de oferta hacia la música contemporánea en Francia. ¿A qué se refería? A que el ensamble es un grupo de empleados del estado que solo interpreta música contemporánea. Tal hecho ha disparado todo tipo de políticas en consonancia y coherencia con este hecho como son los diversos tipos de apoyo a la investigación y a la composición. El perfecto reflejo de esto es el inmenso apoyo que reciben tanto el Intercontemporain como el IRCAM, además de la inmensa red de teatros, agencias y entidades que participan en la inversión pública en música contemporánea afectando a creadores, científicos, intérpretes, ensambles y presentadores.


El Ensemble Intercontemporain al final de su concierto en la Philharmonie.
Una economía de oferta implica que se hace una inversión en la generación de un producto en el que se tiene fe para generar una demanda. Es decir, el Estado francés no está esperando a que haya un referendo que apruebe la inversión de grandes sumas en la generación de nueva música. Esto, creo yo, y he aquí una de mis primeras inquietudes, necesariamente implica que hay una oferta gigantesca que incluye tanto cosas excelentes (como el Intercontemporain) como cosas normales y otras claramente malas - todas con mucho o poco pero algo de apoyo estatal. Lo segundo es que cuando los recursos estatales están tan dirigidos a la creación pues hay que crear un sistema mediante el cual se justifique la inversión en creaciones inexistentes.



A lo largo de estos días hemos escuchado una buena cantidad de música pero, sobre todo, hemos recibido presentaciones de hasta media hora acerca de música que ni siquiera ha sido escrita. Claramente este es el país de la ilustración y de Descartes - las obras se piensan, se financian, se escriben y después existen. Pero esto da pie a una música, que si bien tiene un público asiduo -por lo menos en París que fue donde estuve- en un gran porcentaje suena distante, ajena, hiperpensada, con exceso de intervenciones tecnológicas que tras la audición de cinco obras seguidas empiezan a sonar parecidas e innecesarias. Claro, no son todas las obras y hay varias que hacen un uso muy especial de estos recursos. Pero, insisto, creo que es producto de una política de fomento activo en el que se acepta que para llegar a tener una obra maestra toca pasar por escribir y escuchar muchas otras que en muchos casos no pasarán de una audición.



En medio de esta abundancia de música, proyectos e ideas, hay cosas que salen a flote, se destacan y -de alguna forma- terminan justificando la existencia de un modelo con tanta inversión pública. Puntualmente, debo destacar: 1) la calidad del Ensemble Intercontemporain; 2) la calidad de los egresados del Conservatoire National Sueperieur de la Musique et la Danse que escuchamos en una audición privada; 3) la amplia variedad de ensambles con músicos de todas las edades actuando en todo tipo de formaciones y en todo tipo de escenarios y; 4) la gran asistencia a los eventos de música contemporánea programados. Es decir, sí hay un ensamble insigne que promueve el repertorio y que es un punto de referencia para la calidad en su interpretación, al tiempo que salen músicos egresados que son capaces de abordar el repertorio con altísimos estándares y que pueden ser absorbidos por ensambles existentes o pueden formar sus propios proyectos y, como consecuencia de que hay una fuerte actividad musical, hay un público que asiste y discierne.



El Conservatorio Nacional Superior de Música y Danza de París (CNSMD).
Estoy terminando de escribir esta columna ya habiendo salido de París. Fueron cinco días agotadores, llenos de información en los que pude reencontrarme con colegas, hacer nuevos amigos, conocer más a fondo a los socios franceses con los que he trabajado y, en particular, cinco días para llevarme muchas cosas de regreso a casa: primero, varias propuestas artísticas francesas que vale la pena presentar en Colombia - estoy seguro que poco a poco irán apareciendo en nuestra programación como siempre lo han hecho; y segundo, muchas ideas para tratar de que la sala de conciertos que lidero pueda tener un papel de fomento a la nueva música un poco más activo que el que tiene ahora. Si bien no tenemos el presupuesto del gobierno francés para ello ni es nuestro papel como sala de conciertos impulsar a este sector como si fuéramos un ministerio, sí somos un actor del medio musical que por medio de su programación visibiliza, puede dar espacios para la experimentación y puede inspirar a compositores, intérpretes, a la academia y a otras entidades públicas y privadas a desarrollar programas que le apunten a que el país pueda tener un ambiente propicio para que las nuevas creaciones tengan espacio de desarrollo y crecimiento.


Algunos colegas asistentes a FOCUS.

Le agradezco al Institut français por la organización de Focus y a la Embajada de Francia en Colombia por proponer mi nombre para aprovechar esta oportunidad. Aparte de fortalecer los vínculos de nuestra sala y el país con la actividad cultural francesa, el encuentro con otros colegas internacionales seguramente impulsará el fortalecimiento de redes de colaboración y de flujos de información que redundarán en un mundo con más y mejor música.